Esta semana ha sido intensa, tanto para lo bueno, como para lo malo.
Para lo malo, por la agravación de la debilidad de mi padre, que ya está a punto de convertirse en otra cosa distinta de lo que fué mi padre, y que incrementa, a la vez la debilidad de mi madre que es quién le sostiene.
Sentir esa situación me baja otros dos grados de vida.
Para lo bueno, que sentí durante unos días una ilusión que hacía tiempo que no sentía, pero que al final quedó en nada. El placer de sentirla fué tan intenso que cuando, al fin, se desvaneció, su rescoldo permaneció en mí, como una esperanza, como una quimera a la que aferrarme en mis sueños.
Sé que no es más que una ilusión, que, de realizarse, podría subir mi temperatura vital. Pero como es falsa, sólo la mantiene. Y eso no es poco. Y por ello, la aprecio, la deseo y la imagino posible. Aunque se que no tiene ningún viso de realidad.
Me quedan poco más de cuatro meses. Y no sé como utilizarlos. Si con locura o con mesura. Si con exaltación o reflexión. Si con paciencia y resignación o con todo lo contrario.
Si este fuese un blog real os pediría consejo, pero sólo vais a leerlo cuando ya no me podáis ayudar, así que no merece la pena.
Esta noche, si me lo permitís, voy a desearme buenas noches y buena suerte a mí mismo, que falta me hace.
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