De vez en cuando tienes una nueva ilusión.
Pero es, cada vez, una ilusión más pequeña. Los grados de vida bajan constantemente y empiezas a pensar más en mantener la temperatura vital y no enfriarte más, que en conseguir esa ilusión que te calentaría la vida mucho mucho más, pero que sabes que solo durará un poco de tiempo.
Eres viejo, y lo asumes. Sabes que tu cuerpo, diseñado para funcionar cuarenta años, empieza a fallar, y por mucho mantenimiento que le apliques, terminará fallando. Un cáncer, un infarto, un problema renal. Y tu cerebro, lo mejor que tienes y el elemento de tu cuerpo mejor diseñado para durar, también puede fallar por un Alzheimer que volverá a sumirte en la infancia.
Pero cuando aparece una nueva ilusión, te aferras a ella con pasión. Tu temperatura vital sube dos grados de golpe, e incluso más. Rejuveneces un poco. Te fijas objetivos a medio plazo (a largo plazo sería ridículo). Te levantas de la cama con más alegría, trabajas con más fuerza, haces más cosas nuevas, sonries más ...
Y, pese a todo, sabes, desde el principio, que no va a durar. Que es una vana ilusión, como la definiría un poeta. Pero te aferras a ella. Y sufres una fiebre puntual de vida.
Y la disfrutas. Pero cada vez menos. Y cada vez es más corta la temporada de fiebre. La subida de fiebre no puede igualar la temperatura vital que tenías hacie diez años. Y las fiebres ya duran cada vez menos.
La vida se apaga. Pero esos puntos de brillo que aún te quedan se aprecian cada vez más en el entorno del ocaso que te envuelve.
Buenas noches y buena suerte.
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